Ayer ví Hostel, una película que venía avalada por el sello de Quentin Tarantino, pero que en realidad está escrita y dirigida por Eli Roth, cuyo éxito más notable es la lamentable Cabin Fever.
A pesar de la mano de Quentin en la producción, la peli es mala de cojones. La primera hora es una especie de Road Trip, con 3 amigotes de viaje erótico-festivo por Europa. Luego pega un giro radical y se transforma en La Matanza de Texas. Y prácticamente hasta los últimos 15 minutos no hay nada mínimamente interesante. No se quién habrá sido el lumbrera que vió la sierra eléctrica en una habitación cochambrosa que aparece en uno de los posters promocionales y le dio por asociarla con Saw, a la que no le llega ni a la suela de los zapatos.
Sin embargo, lo que me llamó la atención fue que, buscando información sobre Hostel, me encontré con que el guión está escrito a raíz de una información verídica que le llegó a Eli Roth.

En alguna parte de Tailandia, puedes obtener un subidón emocional no comparable a ninguna droga conocida: La posibilidad de asesinar a alguien, a sangre fría, pagando cierta cantidad de dinero, todo de forma LEGAL. Te dan un arma, entras a una habitación donde hay una persona indefensa y, sin más, te la cargas. El sufrimiento que le hagas pasar antes de matarla sólo depende de tu nivel de chaladura mental. Las víctimas son voluntarias, tan crudo como suena, personas desesperadas y muy pobres, que se ofrecen voluntariamente con el objetivo de conseguir dinero para que sus familias no se mueran de hambre.

Me quedé casi de piedra, pensando en cómo alguien puede disfrutar torturando a otro ser humano hasta matarlo. Pensé también que este tipo de aberraciones solo pueden ser posibles en lugares como Tailandia, que en nuestro país eso no podrá llegar a pasar. Sin embargo vuelvo a estar equivocado, porque viendo las cosas que suceden por aquí últimamente, acabaremos igual o peor. No hay más que ver la última moda que se ha impuesto entre algunos jóvenes, esos que se dedican a coger a un desamparado y apalearlo hasta dejarle medio muerto, mientras uno de ellos lo graba todo con el móvil, para luego rememorar tan loable hazaña con amigotes y allegados. Y si eres uno de esos allegados, ojo con no “participar” en el evento, porque lo mismo te conviertes en el triste protagonista del próximo vídeo que graben esos impresentables.

Para muestra, un botón en esta noticia de El País.